Así también vosotros consideraos muertos al pecado,
pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.
(Romanos 6:11)
Un muerto no odia ni es soberbio, pues
es totalmente
impotente. No
puede hacer nada ni en contra ni a favor de su vivificación, pero Cristo ya puede operar en él sin
resistencias y acabar su obra sin impedimento. Porque el impedimento invariablemente somos nosotros.
Gracias a Dios por su don inefable. Pablo,
en su propia experiencia sufrió, como Jeremías, el asalto amoroso de Dios. Fue seducido, y de nada le valió dar coces contra el
aguijón, así
como a Jeremías no le dejaba el fuego abrasador que no pudo resistir.
Así, cuando hablaba a los creyentes, pudo
Pablo invocar la mansedumbre y la ternura
de Cristo (2ª Corintios 10:1) como el mayor poder que podía esgrimir para poder
llevarlos a la obediencia. Y en su experiencia, comprobó que su caída ante el Señor era el mejor triunfo sobre su legalismo y justicia propia. Me
gloriaré en mis debilidades. (2ª
Corintios 12:10)
La gran Obra del Señor solo se haría en
su debilidad. Cuanto más débil era, más fuerte se sentía porque sobre él reposaba y actuaba el poder de
Cristo. Era
la sustitución de su propio orgullo religioso, por la humildad que se deja manejar por el Señor. La mayor obra de la
creación, el hombre nuevo creado, según Dios, en la justicia y santidad de la
verdad. (Efesios 4:24) Y, ¡alabado sea Dios!,
también es nuestra experiencia.
A Pablo, esta experiencia le sirvió para mantenerle en la humildad, así como nuestra propia experiencia a
nosotros. No temamos ser reiterativos sobre esta verdad, pues nunca será ocioso ni suficiente insistir e
insistir. Confundir pobreza con humildad es un error que noto que se perpetra en cada escrito que leo.
Pablo pidió por tres veces a Dios que le
quitara un aguijón en su carne. Pero Dios le dio, por toda respuesta: bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad. (2ª
Corintios 12:9) ¡Cuántas implicaciones podemos derivar de ésta declaración de
Dios! Pero todas nos llevan adonde el Señor quiso llevar a Pablo: a la perfecta y constante humildad.
En este campo, Dios trabaja a su sabor y realiza sus maravillosos prodigios.
De la nada, creó al principio, y de la nada crea ahora el hombre nuevo. De ahí
la importancia de hacernos nada. Y esa nonada es nuestra vocación y nuestra gloria. Lo que hagan otros no es de nuestra incumbencia
pues no debemos juzgar, usurpando el oficio de Dios.
Si el Cristo se hizo carne habitó y sufrió entre nosotros descendiendo desde su inconmensurable altura, ¿Que nos creemos ser nosotros para
ostentar orgullo y rebeldía, cuando él se rebajó hasta hacerse servidor de todos nosotros?
AMDG
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