
Continuamente, y poniendo atención sin
distraernos del agitar del mundo y del alma podemos contemplar y regocijarnos
de la suprema humildad de Dios. El verbo hecho hombre, nace en un establo. Durante treinta años es ignorado por las gentes, y después anda pobre, errante, perseguido y calumniado.
Lava los pies de sus discípulos y da
enseñanza y curación a multitudes con abrumadora generosidad... muriendo ignominiosamente, en la mayor
injusticia del hombre contra Dios. Como hombre padeció cruz, azotes, desprecio, y hasta escupitajos.
¿Y nos atrevemos a ser soberbios los que
nos llamamos discípulos suyos? Tuya es, Señor,
la justicia, y nuestra la confusión de rostro. (Daniel 9:7). Este profeta era un hombre
justo y temeroso de Dios, pero se conocía a sí mismo, y aun con todo su mérito
se reconocía nada ante la grandeza divina. ¿Qué podremos, a la luz de ello, decir nosotros? Ante la prohibición del
Rey, oraba a Dios con la ventana abierta sin eludir las miradas envidiosas.
Cristo es la vida de Dios en nosotros. La humildad en la vida del Jesús el Verbo de Dios bajando del Cielo, de su trono junto al Padre, para convivir con los hombres,
para comprenderlos, para solidarizarse, y compartir todo con ellos en la
naturaleza humana... es la grandeza de la humildad; la suprema humildad.
Cristo descendió a lo más bajo,
haciéndose humano, y de esta manera pudo llevar a sus últimas consecuencias su compasión por
la humanidad,
porque padeció solidario la realidad de la suprema impotencia del ser humano. No rehusó nada nuestro excepto el pecado, porque Él deseaba solo que
se hiciera la voluntad de su padre Celestial.
Y dice muy elegantemente la Santa Escritura :
Porque convenía
a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas
subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por
aflicciones al autor de la salvación de ellos…
Así que, por cuanto los hijos
participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir
por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al
diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda
la vida sujetos a servidumbre. (Hebreos 2:10 y ss.).
El discípulo conoce que está sujeto a debilidad, y que igualmente lo están los demás.
Por eso no hace esfuerzos por mostrar humildad ficticia, con gestos fingidos,
sino con rectitud en la justicia
y la verdad, y con la
naturalidad del que vive con una naturaleza distinta inducida por el Espíritu.
Y, desde luego, con comprensión, puesto que como se dice del sacerdote antiguo: para que se muestre paciente con los ignorantes y extraviados,
puesto que él también está rodeado de debilidad; (Hebreos 5:2).
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