La humildad no es solo una gracia más, de entre las muchas que Dios nos concede. Es además un pilar
fundamental de las demás, el cauce de todas ellas. Y comienza por el pleno
reconocimiento de una evidencia: Que Dios es enteramente todo,
y nosotros enteramente nada. Esto solo, distingue al discípulo.
Este reconocimiento leal y sincero, trae la perfecta humildad ante Dios y,
por tanto, ante los hombres.
Es mansedumbre y benevolencia, y el inconfundible sello del discípulo en
cualquier circunstancia, momento y lugar. Es exacta, e indiscutiblemente, lo
que distinguía a Cristo.
Reconozcamos que no hay nada tan
antinatural para el hombre corrompido, tan insidioso y oculto, tan difícil y
peligroso, como la extirpación
del orgullo. Hace falta
una gran comunicación con el Espíritu, y una extraordinaria atención a las
instrucciones y suaves restricciones que nos revela, para comprender cuanta falta tenemos de humildad y qué torpes
somos para conseguirla.
O, en otras palabras, cuán indómitos y rebeldes somos en nuestro interior.
Tenemos que examinar atentamente
el carácter y la
conducta de Cristo,
para llenarnos de admiración
y gratitud por su mansedumbre y
creer que, frente a nuestro orgullo y nuestra impotencia para arrojarlo de
nuestro interior, “del
hombre viejo”,
Cristo actuará, entrando en nosotros para impartirnos esta gracia tan
fundamental, don anticipado de la maravillosa vida eterna que ya sabemos que
gozaremos los creyentes redimidos.
En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre,
que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra
mente, y vestíos del nuevo
hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. (Efesios 4:22 al 24).
Estando en Cristo, conocemos su poder
para darnos la
humildad, de modo tan real, eficiente y soberano, como antes nos poseía el
orgullo. Tenemos la
vida de Cristo, tan realmente arraigada o más que la de Adán, y debemos andar desarraigados
de éste, y caminar arraigados en Cristo.
Tenemos que asirnos firme y
obstinadamente, a Cristo y gozar, sin esperar ni un momento más, de su
presencia para que esta sea siempre nuestro alimento espiritual. Nadie os prive de vuestro premio, afectando
humildad y culto a los ángeles, entremetiéndose en lo que no ha visto,
vanamente hinchado por su propia mente carnal, y no asiéndose de la Cabeza , en virtud de quien
todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece
con el crecimiento que da Dios. (Colosenses 2:18).

