El principio de todo
pecado es la soberbia, del mismo modo que la raíz de toda virtud es la
humildad. Es la soberbia la raíz y el sustento de todos los pecados, al igual
que la humildad sustenta todas las virtudes. La virtud, sin humildad, es pecado
de soberbia: Preserva también a tu siervo de las
soberbias, que no se enseñoreen de mí. Entonces seré íntegro y estaré limpio de
gran rebelión. (Salmos 19:13).
En un mundo colmado
de soberbia, ser humillado equivale a rebajarse, lo cual se considera malo en
sí mismo. En cambio, la
Escritura dice. Bueno
me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos (Salmo 119:71). Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes. (Santiago 4:6).
Como el humo vano,
pernicioso y contaminante, se eleva el soberbio. Y, como el diablo, lleva en su
mismo pecado la sentencia de la mayor humillación (y en éste caso auténtica);
porque quien aquí humilla es Dios. No es así el vapor de las nubes, que se aviene
a bajar en lluvia y es bendición para la tierra, como lo es también don
generoso de Dios, la humildad de sus hijos.
La soberbia es una
espiral que sube, y que cuanta más altura alcanza, más vértigo produce,
más embota la mente, y más insensatamente instiga a continuar la escalada... Y tanto mayor es la
altura, cuanto más desastrosa es la caída. Así el hombre se endurece en sus
prosperidades, cuanto más lo eleva Dios para arrojarle desde más
alto y con más ímpetu. Y tú, Capernaum, que
hasta los cielos eres levantada, hasta el Hades serás abatida. (Mateo 11:23).
Así que cuanto más alto y más engrandecido quiere ser el hombre más dura será su caída
inapelable. Es la soberbia la que trae tantos males para todos, tanto para el que
la ejerce como para el que la sufre. Antes
del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu.
(Proverbios 16:18).
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