lunes, 31 de diciembre de 2012

SANTA ENTRE MUCHAS




La humildad no es solo una gracia más, de entre las muchas que Dios nos concede. Es además un pilar fundamental de las demás, el cauce de todas ellas. Y comienza por el pleno reconocimiento de una evidencia: Que Dios es enteramente todo, y nosotros enteramente nada. Esto solo, distingue al discípulo.

Este reconocimiento leal y sincero, trae la perfecta humildad ante Dios y, por tanto, ante los hombres. Es mansedumbre y benevolencia, y el inconfundible sello del discípulo en cualquier circunstancia, momento y lugar. Es exacta, e indiscutiblemente, lo que distinguía a Cristo.

Reconozcamos que no hay nada tan antinatural para el hombre corrompido, tan insidioso y oculto, tan difícil y peligroso, como la extirpación del orgullo. Hace falta una gran comunicación con el Espíritu, y una extraordinaria atención a las instrucciones y suaves restricciones que nos revela, para comprender cuanta falta tenemos de humildad y qué torpes somos para conseguirla. O, en otras palabras, cuán indómitos y rebeldes somos en nuestro interior.

 Tenemos que examinar atentamente el carácter y la conducta de Cristo, para llenarnos de admiración y gratitud por su mansedumbre y creer que, frente a nuestro orgullo y nuestra impotencia para arrojarlo de nuestro interior, “del hombre viejo”, Cristo actuará, entrando en nosotros para impartirnos esta gracia tan fundamental, don anticipado de la maravillosa vida eterna que ya sabemos que gozaremos los creyentes redimidos.

En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. (Efesios 4:22 al 24).

Estando en Cristo, conocemos su poder para darnos la humildad, de modo tan real, eficiente y soberano, como antes nos poseía el orgullo. Tenemos la vida de Cristo, tan realmente arraigada o más que la de Adán, y debemos andar desarraigados de éste, y caminar arraigados en Cristo.

Tenemos que asirnos firme y obstinadamente, a Cristo y gozar, sin esperar ni un momento más, de su presencia para que esta sea siempre nuestro alimento espiritual. Nadie os prive de vuestro premio, afectando humildad y culto a los ángeles, entremetiéndose en lo que no ha visto, vanamente hinchado por su propia mente carnal, y no asiéndose de la Cabeza, en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento que da Dios. (Colosenses 2:18).

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