miércoles, 6 de febrero de 2013

OBEDIENCIA Y AUTORIDAD.

EL CENTURIÓN Y JESÚS

A la compañía de Dios, a su gloria se pasa por el camino estrecho, por la senda angosta, la entrada difícil de la humillación. Como el Cristo y a través del Cristo. Por la entrada angosta del silencio ante la ofensa; de callar cuando podemos vindicarnos, dejando que sea Dios el que nos justifique. 

Así hasta la gloria de Jesús en su plenitud. Porque cosas que ojo no vio ni oído oyó ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para aquellos que le aman. (1ª Corintios 2:9) Amar a Dios y no ser humilde no puede ser.

El que no es humilde no ama a Dios. La suprema instancia, el supremo poder, la suprema bondad y la suprema soberanía. Si se reconocen los atributos de Dios de forma sincera, seremos consecuentemente humildes en la medida de la plenitud de este reconocimiento. Sabiendo quién es El, y quién somos nosotros. 

Pedimos a Dios que nos quite algún aguijón de la carne que nos mortifica, y el Señor contesta a veces... mi gracia te basta; (2 Corintios 12:9) y nos debe bastar. Solamente con esa gracia y bajo la autoridad de Dios, somos lo que somos; rebaño escogido de nuestro Señor.

Cuando el centurión pidió a Jesús con toda fe que le curase su criado enfermo, le dijo: yo también soy hombre puesto bajo autoridad. (Lucas 7:8) El era hombre puesto bajo autoridad: la que en aquel lugar tenía delegada del emperador romano. Si aquel hombre hubiese dejado el oficio de centurión romano, hubiera por tanto quedado despojado de autoridad, puesto que él, por sí propio, era un hombre como otro cualquiera. 

Los soldados obedecían sus órdenes, porque eran las órdenes del emperador delegadas y dadas a través de este centurión. Sometiéndose él a la autoridad del emperador, tenía toda la autoridad de este. Así, también, pudo reconocer a Jesús como autoridad.

Observemos como un soldado conoció que Jesús tenía autoridad mejor que los religiosos de su tiempo. Conoció que tenía autoridad como él, porque observó que, como él mismo, también Jesús estaba sujeto bajo autoridad. Había un poder inmenso que respaldaba la autoridad de Jesús, y el centurión tuvo la acertada visión de comprenderlo: entendió que Jesús se sometía a otra autoridad suprema y, por lo tanto, podía hacer aquello que le pedía.

Ni sus mismos compatriotas, los judíos rebeldes a todo lo que no fuese su arbitraria interpretación de la ley, comprendieron tan claramente como aquel soldado extranjero. Sólo los humildes y bajos del pueblo entendieron a Jesús, pues decían ante sus obras portentosas y su doctrina que enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. (Marcos 1:22) Jesús se sometió totalmente a la Ley, la avaló y fue avalado por ella. A ella acudió humildemente para confirmar su ministerio. Un ejemplo... como en todo.


AMDG


sábado, 2 de febrero de 2013

CRISTO, EL SÍ Y EL AMÉN




En Jesús no hubo «sí o no». El fue el Sí y el Amén ante el Padre. (2 Corintios 1:20) Así debemos nosotros ser también. Sí, Padre; amén, Padre, ante lo que el Padre disponga o haya hecho. Es un: ¡Sí, Padre: hazlo!; ¡Amén, Padre, por que lo has hecho! Humillaos ante el Señor y El os exaltará cuando fuere tiempo. Así amonestaban los apóstoles Santiago y Pedro en sus cartas. 


Para que el Señor nos exalte tenemos que humillarnos delante de El, reconociendo nuestra nulidad para cualquier buena obra, sin que el Espíritu la haga en nosotros o por medio de nosotros. Nosotros no, sino el Espíritu de Cristo en nosotros.


El Señor trata continuamente nuestra naturaleza orgullosa. Es el mismo Dios el que hace que Cristo sea formado en nosotros. Siendo como es así, podremos comprender mejor y asimilar más y más el mandamiento del humilde Cordero de Dios. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.


Nuestra humildad hará que nuestras cargas sean más descansadas, aceptando llevarlas con Jesús. Humilde, pero poderoso compañero. Lo que no podemos llevar solos, es posible y fácil llevarlo unidos al mismo yugo de Jesús. El no querer ser nada ante Él, es la mayor gallardía y demostración de poder espiritual en el creyente, y su finalidad más alta. La mayor bendición de la vida cristiana. El vaso donde Dios pone su gracia, su amor y realiza su obra.


Todo se ha escrito en la Biblia para nuestra admonición; para interpelarnos. Avancemos por el terreno de la humildad, ciertamente despreciada y hecha motivo de risión de los hombres, pero el atributo más sublime de Jesús. El que era con Dios, el que era en forma de Dios, el Hijo de Dios, se humilló desde su altura, desde su trono alto y sublime junto al Padre y tomó forma humana; se hizo hombre.


La más grande humillación imaginable; algo que aún no hemos terminado de discernir todavía. De hijo eterno, a hombre, y siendo hombre también se humilló, haciéndose servidor de todos y entre todos. Y siendo servidor de todos, siguió humillándose hasta morir en la cruz.


Ese paso de humillación fue el paso que lo llevó a la gloria presente. Victoria de la cual participamos los creyentes que adoptemos la humildad como raíz y principio de toda virtud, como origen de todo don, como paso necesario para la imitación de nuestro Señor Jesús el Mesías, y así participar también en su gloria.


Muchos hay que con cierta sorna y precisamente porque me aprecias me dice: ¿pero tú que sabes tanto, crees en la gloria y en el infierno? Yo les contesto: si no hay gloria ni infierno no tiene objeto vivir, y además creo que para pasarlo mal en la bendita tierra de Dios contaminada por los hombres es mejor irse y bajarse del tren en el que vamos todos.

AMDG