En Jesús no
hubo «sí o no». El fue el Sí y el
Amén ante el Padre. (2 Corintios 1:20) Así debemos nosotros ser también. Sí, Padre; amén, Padre, ante lo que el Padre
disponga o haya hecho. Es un: ¡Sí, Padre:
hazlo!; ¡Amén, Padre,
por que lo has hecho! Humillaos ante el
Señor y El os exaltará cuando fuere tiempo. Así amonestaban los
apóstoles Santiago y Pedro en sus cartas.
Para que el
Señor nos exalte tenemos que humillarnos delante de El, reconociendo nuestra
nulidad para cualquier buena obra, sin que el Espíritu la haga en nosotros o
por medio de nosotros. Nosotros no, sino
el Espíritu de Cristo en nosotros.
El Señor trata
continuamente nuestra naturaleza orgullosa. Es el mismo Dios el que hace que
Cristo sea formado en nosotros. Siendo como es así, podremos comprender mejor y
asimilar más y más el mandamiento del humilde Cordero de Dios. Llevad mi yugo sobre vosotros y
aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para
vuestras almas.
Nuestra
humildad hará que nuestras cargas sean más descansadas, aceptando llevarlas con
Jesús. Humilde, pero poderoso
compañero. Lo que no
podemos llevar solos, es posible y fácil llevarlo unidos al mismo yugo de
Jesús. El no querer ser nada ante
Él, es la mayor gallardía y demostración de poder espiritual en el creyente, y su finalidad más alta. La mayor bendición de la vida cristiana. El
vaso donde Dios pone su
gracia, su amor y realiza su obra.
Todo se ha
escrito en la
Biblia para
nuestra admonición; para interpelarnos. Avancemos por el terreno de
la humildad, ciertamente despreciada y hecha motivo de risión de los hombres,
pero el atributo más sublime de
Jesús. El que era con Dios, el que
era en forma de Dios, el Hijo de Dios, se humilló desde su altura, desde su
trono alto y sublime junto al Padre y tomó forma humana; se hizo hombre.
La más grande
humillación imaginable; algo que aún no hemos terminado de discernir todavía.
De hijo eterno, a hombre, y siendo hombre también se humilló, haciéndose servidor de todos y entre
todos. Y siendo
servidor de todos, siguió humillándose hasta morir en la cruz.
Ese paso de
humillación fue el paso que lo llevó a la gloria
presente. Victoria de
la cual participamos los creyentes que adoptemos la humildad como raíz y
principio de toda virtud, como origen de todo don, como paso necesario para la
imitación de nuestro Señor Jesús el Mesías, y así participar también en su
gloria.
Muchos hay que
con cierta sorna y precisamente porque me aprecias me dice: ¿pero tú que sabes
tanto, crees en la gloria y en el infierno? Yo les contesto: si no hay
gloria ni infierno no tiene objeto vivir, y además creo que para
pasarlo mal en la bendita tierra de Dios contaminada por los hombres es mejor irse y bajarse del
tren en el que vamos todos.
AMDG
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