jueves, 31 de enero de 2013

¿EXIGIÓ CRISTO DERECHOS O PRIVILEGIOS?




Así también vosotros consideraos muertos al pecado,
pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.
(Romanos 6:11)


Un muerto no odia ni es soberbio, pues es totalmente impotente. No puede hacer nada ni en contra ni a favor de su vivificación, pero Cristo ya puede operar en él sin resistencias y acabar su obra sin impedimento. Porque el impedimento invariablemente somos nosotros.

Gracias a Dios por su don inefable. Pablo, en su propia experiencia sufrió, como Jeremías, el asalto amoroso de Dios. Fue seducido, y de nada le valió dar coces contra el aguijón, así como a Jeremías no le dejaba el fuego abrasador que no pudo resistir.

Así, cuando hablaba a los creyentes, pudo Pablo invocar la mansedumbre y la ternura de Cristo (2ª Corintios 10:1)  como el mayor poder que podía esgrimir para poder llevarlos a la obediencia. Y en su experiencia, comprobó que su caída ante el Señor era el mejor triunfo sobre su legalismo y justicia propia. Me gloriaré en mis debilidades. (2ª Corintios 12:10)

La gran Obra del Señor solo se haría en su debilidad. Cuanto más débil era, más fuerte se sentía porque sobre él reposaba y actuaba el poder de Cristo. Era la sustitución de su propio orgullo religioso, por la humildad que se deja manejar por el Señor. La mayor obra de la creación, el hombre nuevo creado, según Dios, en la justicia y santidad de la verdad. (Efesios 4:24) Y, ¡alabado sea Dios!, también es nuestra experiencia.

A Pablo, esta experiencia le sirvió para mantenerle en la humildad, así como nuestra propia experiencia a nosotros. No temamos ser reiterativos sobre esta verdad, pues nunca será ocioso ni suficiente insistir e insistir. Confundir pobreza con humildad es un error que noto que se perpetra en cada escrito que leo.

Pablo pidió por tres veces a Dios que le quitara un aguijón en su carne. Pero Dios le dio, por toda respuesta: bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad. (2ª Corintios 12:9) ¡Cuántas implicaciones podemos derivar de ésta declaración de Dios! Pero todas nos llevan adonde el Señor quiso llevar a Pablo: a la perfecta y constante humildad.

En este campo, Dios trabaja a su sabor y realiza sus maravillosos prodigios. De la nada, creó al principio, y de la nada crea ahora el hombre nuevo. De ahí la importancia de hacernos nada. Y esa nonada es nuestra vocación y nuestra gloria. Lo que hagan otros no es de nuestra incumbencia pues no debemos juzgar, usurpando el oficio de Dios.

Si el Cristo se hizo carne habitó y sufrió entre nosotros descendiendo desde su inconmensurable altura, ¿Que nos creemos ser nosotros para ostentar orgullo y rebeldía, cuando él se rebajó hasta hacerse servidor de todos nosotros?

AMDG

EXPERIMENTANDO LA HUMILDAD.


¿Cómo podrá Dios rechazar la acción de esta mujer?

Haya pues, en vosotros, este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual,
siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse,
sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, 
hecho semejante a los hombres;
y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo
haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
(Filipenses 2, 5-8)

                           La humildad es para practicarla en la vida diaria. La humildad delante de Dios, si es sincera, se manifestará también irresistiblemente delante de los hombres. La persona humilde siempre se ha de regir por la regla de oro: en honra, prefiriendo a otros. Siervos los unos de los otros... con humildad, estimando a cada uno como superior a sí mismo... sujetándoos unos a otros... ¡Cuántas citas bíblicas se pueden aportar para ilustrar esta regla de humildad!

En la Iglesia no basta con no ser algo; es necesario desear ser nada. Imitar a Jesús hasta la muerte, porque esta muerte se evidencia como la mayor prueba de su perfección. Su humildad insuperable. Tenemos que entregar todo para llegar a ser nada. Pero llegar a ser nada es hacer posible que Cristo venga a nosotros, a ser plenamente todo. 

Este anonadamiento hace posible que consideremos que todos son superiores a nosotros, para que en nosotros tome cuerpo la grandeza de Cristo. No se trata de masoquismo ni bobadas así. Se trata de conocer cuales son nuestras inclinaciones y reconocernos en ellas.

Nos resistimos a hacer morir al viejo hombre , y este hombre se resiste tenazmente a morir. Cuando nos parece que ya no existe y bajamos la guardia, vuelve a surgir con inusitada violencia y desmesurado orgullo. Sólo velando y orando continuamente, podremos mantener a raya mediante el reconocimiento de nuestra propia debilidad, a este gran enemigo. 

Sin el poder de Jesús en nosotros, y sin la vigilancia extrema, nunca podremos dominar a tan peligroso e insidioso enemigo de nuestra alma. Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría (Colosenses 3:5) y, despojaos del viejo hombre. (Efesios 4)

Así que no se puede vivir descuidado y perezoso en la vida espiritual. El orgullo propio sustituirá rápidamente en nosotros a la humildad que Jesús ha implantado a costa de su sangre. La obra del Mesías ya está hecha. El Espíritu toma el relevo por decirlo de alguna manera más o menos comprensible. A nosotros, por el Espíritu, nos corresponde conservar la posición privilegiada que el Señor obtuvo para nosotros.

La muerte del viejo hombre por la obra de Jesús es una realidad palpitante en nosotros. Habéis sido bautizados en su muerte. Así que, de una vez por todas, hagamos con el poder de Dios, que esta realidad sea bien asentada, según dice Pablo: Consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios.  (Romanos 6:11) Y: porque habéis muerto y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. (Colosenses 3:3).

AMDG

lunes, 28 de enero de 2013

PERDÓN PARA EL QUE SE HUMILLA



EL REY ACAB Y EL VIÑADOR NABOT


Aún el más malo, como fue el rey Acab, puede aplacar la ira del Dios omnipotente, con su humillación. Nuestras buenas obras han de ser hechas en el conocimiento de que sólo Dios es el realizador, y nosotros siervos inútiles. Así como los árboles mejores y de mayor fruto no son grandes, y con su fruto inclinan sus ramas al suelo, así el humilde no busca engrandecerse, y sus frutos no están tan en alto que el prójimo no pueda tener de ellos gozo y provecho. Dice San Pablo: Lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios. Y lo débil del mundo... y lo vil... y lo menospreciado... y lo que no es. El que se gloríe, gloríese en el Señor. (1ª Corintios 1:28)

¡Qué razón tenía Jesús para alabar al Padre! Porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó. (Mateo 11: 25, 27)  Los leprosos, ciegos, y tullidos, recibieron de Cristo la salud, cuando mostraron sin más su pobreza, sus llagas y sus males. De Juan el Bautista, dijo Jesús ser más que profeta, y de ellos, el más grande de todos, Juan dijo de sí mismo no ser digno de desatar la correa de las sandalias de Jesús. (Lucas 3:16) 

¿Y qué decir de cómo Dios ensalza a lo largo de la Escritura a hombres humildes según el mundo, segundones, pero para El, simiente escogida? Ensalzó a Abel sobre Caín. A Isaac sobre Ismael. A Jacob sobre Esaú. A José sobre sus hermanos. A Efraín sobre Manasés. A Moisés sobre Aarón. A los hijos de Aarón sobre los de Moisés. A David sobre sus hermanos, hermosos y fuertes, y sobre el rey Saúl, de gran estatura y valiente. Al publicano sobre el fariseo... Dios no hace acepción de personas. (Romanos 2:11 y concomitantes)

¡Cómo se quiere rendir la grandeza de Dios ante la humildad! Ante el vacío de la humildad, lánzase Dios a llenarlo de Él mismo; y ante la suprema humildad de Jesús, lo ha puesto a su derecha como Hijo, haciéndole recibir su misma adoración, gloria y alabanza. (Apocalipsis 7:10) ¡Oh, la soberana y sabia grandeza de Dios movida por la humildad! Siempre hemos de tener presente, que solo con la humildad y sometimiento a Dios es como podemos agradarle.

AMDG


lunes, 21 de enero de 2013

CRISTO CAMBIA NUESTRA DEPRAVADA NATURALEZA


                     El orgullo está dentro de nuestra misma naturaleza, y nos rige y gobierna. La humildad, en cambio, es recibida de Cristo, y debe igualmente regirnos conforme a la nueva naturaleza que de Él también recibimos. 


De la misma manera que antes nos dominaba el orgullo, ahora, en Cristo, debemos ser esclavos de la humildad de Cristo, que nos la imparte. Así, la humildad de Cristo llega a ser nuestra misma naturaleza. Como antes era natural ser orgulloso, ahora también será natural ser humildes.


            En Pentecostés, Cristo, por su mismo Espíritu, se apoderó de sus discípulos y, llenos de humildad y, por tanto, de confianza y valor, no pensaron en sí mismos, ni por si mismos, ni resistieron al Espíritu. Por eso Pedro dijo a los que se asombraban de la curación del cojo: ¿Por qué os maravilláis de esto, o por qué ponéis los ojos en nosotros como si por nuestro poder o piedad hubiéramos hecho andar a éste? (Hechos 3:12)


           ¡Qué diferencia del Pedro que afirmó vehementemente que seguiría a Jesús hasta la muerte, legándole después. 
Nuestra actitud hacia la preeminencia que la humildad tenía en la enseñanza y ejemplo del Cristo, solamente es eficaz cuando reconozcamos la impotencia de que el discípulo sea lo que el Señor quiere que sea. 


      Mientras que su humildad no sea reconocida como su gloria más destacada. La ausencia de esta gracia tan necesaria y sublime es la causa por la que Dios no quiera hacer en nosotros su obra magna. Su obra grande y maravillosa de trasformación de sus discípulos, como Él desea.


      ¿Cuanto y cómo será de provechosa la humildad, cuando Jesús insistió tanto enalteciendo esta virtud suya tan por encima de las demás, y la recomendó encarecidamente para que la imitasen sus discípulos? El que más humildad tenga, ese será más perfecto. Jesús dice: Entrad por la puerta estrecha. (Mateo 7:13) Para entrar por una puerta estrecha y andar camino angosto, no se puede ir erguido: hay que doblarse.


       El mar, con ser tan grande, siempre está por debajo de las otras más pequeñas corrientes de aguas, para recibirlas a todas. El fin de todo río, arroyo o agua caída, es el mar. Que es más grande cuanto más humilde. Por la humildad se deja vencer Dios; se congratula en dejarse vencer. El hombre se aplaca, y nuestra naturaleza da lugar a Cristo.




domingo, 20 de enero de 2013

TODO ES NADA SIN HUMILDAD




Los discípulos dejaron todo para seguir al Maestro. Humildemente, se sujetaban a su persona y a su doctrina; para su mente torpe, todavía era difícil comprender lo espiritual. Todavía manifestaban la ambición egoísta que aún les regía a cada paso o encrucijada, a cada contradicción. 


De modo que Jesús tuvo que decirles: Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. (Juan 16:12) A Nicodemo, que era maestro en Israel, dijo: Si os he dicho cosas terrenales y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales? (Juan 3:12)


Hasta el fracaso y la restauración con la venida del Espíritu Santo en el aposento alto, no se rindieron y humillaron totalmente los discípulos. Pero entonces fueron llenos de poder, al descansar definitiva y totalmente en Dios para todo. Hasta entonces, y como ahora, puede haber una gran actividad en la obra del Señor, sincera y denodada. Pero si no hay humildad... ¡qué inútil!


Los discípulos querían a Jesús. Mostraron en varias ocasiones disposición a morir por El, y a seguirlo en cualquier circunstancia, dejándolo todo; pero en lo más profundo de sus corazones tenían todavía ese enemigo tan siniestro, tan feo y maléfico, que tendría que dejar de existir en ellos: el orgullo. 


Toda la enseñanza de Jesús fue mal comprendida, hasta que fue vencida la suficiencia en aquellos hombres. Solo con la venida del Espíritu  estuvieron preparados para afrontar las dificultades de seguir a Jesús.


Mientras conservaron la creencia de entender todo lo que Jesús decía y hablaba, no podían comprender a Jesús. De ahí sus continuas preguntas. Por tanto, Él les remitió al Espíritu Santo. Sólo Cristo, con su poder habitando en nosotros, es capaz de vaciarnos de la vanagloria, y hacernos mansos y receptivos a toda palabra suya, y a las suaves y amantes restricciones del Espíritu Santo.


Moisés, en sus tiempos de Egipto era hombre violento, pues mató a un egipcio. El tenía el orgullo y la arrogancia de su raza, y eso le llevó a matar a un hombre de raza distinta. Días después, reprochaba a dos israelitas que pelearan entre sí. 


Más adelante vemos que la Santa Escritura dice de él: Y aquel varón, Moisés, era muy manso, mas que todos los hombres que había sobre la tierra. (Números 12:13) Había sido corregido, podado y formado de nuevo por el Señor. Entonces pudo ser muy manso, y sujeto al Señor.


Por lo que se dice de él en la Escritura, Moisés fue fiel, en toda la casa de Dios. Es pues el espíritu de Cristo el que, actuando en nosotros, hace posible en el alma dócil y pasiva, la total humildad y la consecuente obediencia y fidelidad en el reconocimiento de que en la quietud y la confianza está vuestra fortaleza. 


Sin embargo hay que creer y querer. Aún el hombre más aparentemente humilde y manso guarda dentro de sí el orgullo más tenaz y enconado de su propia justicia, y hasta de su humildad: soberbia al fin. 



sábado, 19 de enero de 2013

GLORIOSO MINISTERIO




Jesús es el Maestro y nos da ejemplo para que aprendamos de El y de su vida, y sigamos sus pisadas de humildad, y su exaltación en gloria. En todo hechos semejantes a El. Nos ofrece la mansedumbre y la humildad, dos virtudes tan despreciadas por el ser humano carnal, pero condición ineludible para que estemos como Él ante el Padre, en condiciones de recibirlo todo.

En las minuciosas instrucciones a sus discípulos, Jesús da prioridad a la humildad, afeando la soberbia y la hipócrita justicia de los escribas y fariseos. Decía: Pero vosotros, no queráis que os llamen rabí, porque uno es vuestro Maestro, el Cristo. Y todos vosotros sois hermanos. Porque el que se enaltece, será humillado, y el que se humilla será enaltecido. (Juan)

Cuando lavó los pies a sus discípulos dijo: Vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. (Juan 13) El despreciado pero glorioso ministerio de la toalla y la palangana. Tan glorioso y eficaz que el mismo Señor les dio el ejemplo, y llamó bienaventurado al que supiera e hiciera estas cosas como El las hizo.


En la última cena, también hubo disputa, que Cristo cortó rápida y definitivamente diciendo que el mayor sería el más joven. En aquellos tiempos, la ancianidad era muy respetada. El anciano tenía preeminencia y autoridad ante todos. Sin embargo, el Señor destaca al más joven: el más humilde, el que sirve con su juventud a los más veteranos que dirigen.

Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve. Notemos que dice entre vosotros, y no sobre vosotros. Y que añade: como el que sirve. ¡Cuando era el divino Maestro! Y podía decirles: Vosotros me llamáis Señor, y decís bien, porque lo soy. (Juan 13:13)

El apóstol Pedro, anciano ya, requiere: Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros. Y todos sumisos unos a otros, revestíos de humildad. (1ª Pedro 5:5) ¡Qué diferencia del Pedro humilde, al fogoso y atolondrado Pedro de antes!

Y es que la acción del Espíritu, cuando va dirigida a poner en marcha a una persona (el no hace acepción de personas), modifica el carácter de esta para la tarea a lo que lo lleva inexorablemente por su sola buena voluntad.  ¡Dichoso el que es escogido) 
Pedro, el agresivo, el decidido, el hombre  de iniciativas, activo y valiente según el mundo, se convirtió en el más humilde de los discípulos. Se enganchó en una tarea que de principio y según los módulos de este siglo, estaba condenada a perderse en pocos años, en un remoto y pequeño país, como creencia o cualquier otra quimera, y en cambio se transformó en el árbol de la mostaza que preconizó el mismo Jesús. Pequeña semilla y gran arbusto.

AMDG

viernes, 18 de enero de 2013

LA GRAN PRIORIDAD




Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo.
Y ciertamente, aún estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor,
por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo,
y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley,
sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe;
a fin de conocerle, y el poder de su resurrección,
y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte,
si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos.

Filipenses 3, 7-11.


Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces.
Jeremías 33, 3.


En el evangelio de Juan, podemos entresacar textos como los siguientes: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo (5, 19); He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad (6, 38); mi doctrina no es mía, sino de Aquel que me envió (7,16); nada hago por mí mismo (8, 28); No he venido de mí mismo (7, 28); No busco mi gloria (8, 50); Las palabras que yo hablo no las hablo de mí mismo (14, 10 y 24).

He aquí la base y el por qué de toda la vida de Jesucristo como Hijo sujeto a su Padre en todo. No quiso hacer nada por su voluntad y poder, para que el Padre lo hiciera todo en Él. Toda sumisión la fundamentó sobre la base de, "Yo no soy nada, sin mi Padre que es  todo".

En esta humillación, reconocía hacer la voluntad del Padre, que era su mayor grandeza, su única aspiración por encima de las circunstancias, siendo siervo de todos. Fue en esta actitud como ofreció a Dios la mayor y más plena eficacia; en sumisión. Esta será la disposición que nos lleve a ser participantes de Cristo en la misma actitud hacia el Padre.

Siendo nada, sino un vaso vacío que Dios tiene que llenar y hacer rebosar, como Cristo rebosó hacia nosotros a causa del total llenado de su humildad total. Esta es la vida que Cristo vino a manifestar y a darnos.

Un vivir para Dios, resultado de la muerte al pecado y al yo propio. Solamente inclinándonos en humildad podemos recibir cualquier don de Dios. Es el orgullo el que impide que Dios quiera obrar en nosotros.

Jesús enseñó la humildad. Sirvió, pero no desde las alturas, sino desde los más hondo, lo más profundo de la humildad. Hay muchos que dicen servir desde sus alturas. No sirven: son servidos. Triste pero cierto.

Por eso, Jesús alcanza la cima de la humildad en la cima de la contradicción del sermón del monte. Bienaventurados los pobres en el espíritu; de los tales es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.

A los pobres, espiritualmente, que no tienen nada y se reconocen que no son nada en sí mismos, les dará el Reino. A los mansos que no exigen nada para sí, y aman y comprenden, se les dará la tierra. Lo mejor del cielo y de la tierra pertenecerá a los humildes.

jueves, 17 de enero de 2013

ES PRECISO QUE ÉL CREZCA Y YO MENGÜE




En el poder de la Palabra y del Espíritu nos será posible conocer que, no siendo nada por nosotros mismos, como el propio Mesías proclamó para sí mismo, no podemos más que mostrar hacia los demás entrañas de compasión, y corazón generoso. 

Nada propio tenemos , y nada propio llevaremos. Sólo lo que Dios construya en nosotros y para nosotros. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto. (1ªTimoteo 6:8) Esto es la humildad que Jesús enseñó. La necesidad de que Él crezca en nosotros, y nosotros, a su vez, mengüemos para Él. ( Juan 3:30) Este es el camino recto para la humildad en el discípulo. Así lo proclamó el Bautista.

El mundo nos invita a la soberbia, que es su rasgo más destacado, y los subsiguientes. Su forma de pensar es simple. ¿Para qué voy a dar, si nadie me va a recompensar? Y desde su punto de vista este razonamiento es correcto. No creen y por tanto nada esperan sino el mundo (Cosmos) y sus espejuelos engañosos. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre. (1ª Juan 2:17)

Esto nos constriñe a practicar el que debe ser el nuestro: resistir ante la soberbia y control propio. La humildad será nuestro refugio. Jesús será nuestro ejemplo en el monte de la tentación. Acordémonos siempre. Él pudo y no quiso. Nosotros no podemos… y además queremos. Más insensato no se puede ser.


La humildad se puede entender, pero es difícil de practicar. Y así dice Jesús: Estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y muy pocos los que dan con ella. (Mateo 7:14) Nos tenemos en verdad, por pecadores y débiles, genéricamente; lo que no soportamos que esa depravación, aceptada por nosotros, se exprese en que nos acusen de un pecado concreto


Queremos ser admirados por nuestra piedad o inteligencia espiritual, y cuando queremos esto es cuando estamos traicionándonos y agraviando a Dios. Muy errados andamos. Solo hay que ver el número de comulgantes que lo hacen sin confesar cuando sabemos que soltamos muchas zorras en la viña del Señor. (Cantares 2:5)


Pero aceptando lo que en sus pensamientos otros puedan opinar de nosotros, podemos ver si somos humildes, que pese a las opiniones positivas-negativas que circulen a nuestro respecto, nuestro corazón delata muchas faltas y pecados nuestros, tal vez más graves y vergonzosos, que no son de dominio público. Así las cosas, esas opiniones todavía nos hacen favor: reconocerlo es humildad.


           Nosotros, cuando buscamos ser encumbrados como buenos creyentes y sabios conocedores, somos soberbios, pues recibimos gloria que no merecemos, siendo conscientes de nuestras flaquezas y culpas. Pretendemos que nuestros méritos sean conocidos, y nos dolemos en las contradicciones. Esto procede de no ser humildes de corazón. ¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único? (Juan 5:44) Dijo a los tales el mismo Jesús.

Ahí hay tarea que hacer. Y no es baldía, sino muy generosa en recompensar al que se aplica a ella.