Es soberbia no querer doblegarse ante
Dios, lo que representa la separación absoluta de El. En la soberbia hay
quebrantamiento por que Dios no tolera que nada se le enfrente. Él es el
Absoluto, y ninguna mísera criatura puede pensar en disponerse cara a cara con
El, como frente a un igual.
Solo la diferencia entre Dios y
cualquiera que se le opone con descaro y soberbia, nos permite medir la
magnitud y atrocidad de tal pecado. En su día, Dios abate al soberbio. Ese día será un horno, y todos los soberbios
serán estopa. (Malaquías 4:1).
Miremos ahora la humildad de María de
Nazaret. La dulce y obediente doncella. Ignora; no entiende... pero cree, y
acepta la totalidad de cuanto el ángel de Dios le revela. No piensa demasiado. Es de Dios, y exclama: He aquí la sierva
del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra... la bajeza de su esclava...
bienaventurada... esparció a los soberbios… exaltó a los humildes. (Lucas 1)
¡Cuán grandes cosas hace Dios con sus
humildes y qué grato le resulta la confianza y la fe! María, humildemente,
aceptó que Dios la llevara en medio de las dificultades. Confió y entregó
totalmente su porvenir y su persona para que El pudiera hacer en ella sin
impedimentos su maravillosa obra en favor de los hombres.
En la humildad trabaja Dios a su gusto,
y aplica su formidable poder. ¡Qué gran estímulo para los discípulos conocer la
vía por donde Dios gusta penetrar en el interior de sus hijos! ¡Y qué fácil
para El sacar todo de donde nada hay! Dios, siempre creador y amador de sus
hijos.
Fue la humildad de María y su
aquiescencia a la voz del Espíritu de Dios y su obra lo que hizo posible que
nuestro Redentor naciera de mujer. Hágase
conmigo conforme a tu palabra; (Lucas 1:38). Esta es la respuesta que Dios espera de sus
elegidos para hacer sus maravillas.
¡Oh! ¡que comprendiéramos en toda su
magnitud y belleza este pensamiento! Los oráculos de Dios, buscados, conocidos,
estudiados y puestos bajo oración para poder decir con María: ¡Hágase!
Por el contrario, nada es más horroroso y abominable que la soberbia y la altivez de espíritu. (Proverbios 16:18).No nos será posible, de éste modo, acercarnos a Dios. El rey Uzías lo hizo y se volvió leproso de por vida: su acción soberbia fue lo último que hizo en el templo de Dios, pues, como leproso, habitó apartado del pueblo sin poder volver a entrar en el templo.
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