viernes, 18 de enero de 2013

LA GRAN PRIORIDAD




Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo.
Y ciertamente, aún estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor,
por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo,
y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley,
sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe;
a fin de conocerle, y el poder de su resurrección,
y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte,
si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos.

Filipenses 3, 7-11.


Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces.
Jeremías 33, 3.


En el evangelio de Juan, podemos entresacar textos como los siguientes: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo (5, 19); He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad (6, 38); mi doctrina no es mía, sino de Aquel que me envió (7,16); nada hago por mí mismo (8, 28); No he venido de mí mismo (7, 28); No busco mi gloria (8, 50); Las palabras que yo hablo no las hablo de mí mismo (14, 10 y 24).

He aquí la base y el por qué de toda la vida de Jesucristo como Hijo sujeto a su Padre en todo. No quiso hacer nada por su voluntad y poder, para que el Padre lo hiciera todo en Él. Toda sumisión la fundamentó sobre la base de, "Yo no soy nada, sin mi Padre que es  todo".

En esta humillación, reconocía hacer la voluntad del Padre, que era su mayor grandeza, su única aspiración por encima de las circunstancias, siendo siervo de todos. Fue en esta actitud como ofreció a Dios la mayor y más plena eficacia; en sumisión. Esta será la disposición que nos lleve a ser participantes de Cristo en la misma actitud hacia el Padre.

Siendo nada, sino un vaso vacío que Dios tiene que llenar y hacer rebosar, como Cristo rebosó hacia nosotros a causa del total llenado de su humildad total. Esta es la vida que Cristo vino a manifestar y a darnos.

Un vivir para Dios, resultado de la muerte al pecado y al yo propio. Solamente inclinándonos en humildad podemos recibir cualquier don de Dios. Es el orgullo el que impide que Dios quiera obrar en nosotros.

Jesús enseñó la humildad. Sirvió, pero no desde las alturas, sino desde los más hondo, lo más profundo de la humildad. Hay muchos que dicen servir desde sus alturas. No sirven: son servidos. Triste pero cierto.

Por eso, Jesús alcanza la cima de la humildad en la cima de la contradicción del sermón del monte. Bienaventurados los pobres en el espíritu; de los tales es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.

A los pobres, espiritualmente, que no tienen nada y se reconocen que no son nada en sí mismos, les dará el Reino. A los mansos que no exigen nada para sí, y aman y comprenden, se les dará la tierra. Lo mejor del cielo y de la tierra pertenecerá a los humildes.

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