El soberbio no busca perdón ni se
humilla, sino que busca justificarse
a sí mismo. Pretende
encararse con Dios, y hacer valer su propio poder, intentando negociar con Dios
las condiciones de
su relación.
Trata a Dios como a alguien semejante a
él mismo, buscando arreglos con El, pretendiendo modificar o doblegar su voluntad; trampeando con Dios, siendo así que el
trampear es algo conforme a su naturaleza, que lo admite y busca.
Esta inconcebible actitud
está muy extendida entre incrédulos, y lo que es más, entre creyentes de lo que
nos gustaría admitir, y lo podemos verificar con la observación atenta de nuestro entorno. Porque es muy fácil caer en esta sima profunda si no se está atento y vigilante todo el
tiempo.
Es tentación intentar negociar con Dios la propia salvación: orgullo de sí mismo, y orgullo de la propia justicia. Orgullo, al fin, de la propia valía y
capacidad, que se estima tan alta como para hacer transacciones con el Creador, como si de nuestro igual se tratara y poniéndole condiciones.
Dios
ha provisto la humildad en tanta
abundancia como la trajo en su Hijo amado, y nosotros, solamente humillándonos, inclinándonos y poniéndonos en el último lugar, es como podremos estar seguros de agradar a Dios.
Jesús
mismo nos ilustró con abundancia mediante la parábola del convite. ¡No os pongáis en los primeros lugares! Mirad con cuidado, no sea que venga
otro más importante que vosotros para el anfitrión y paséis la vergüenza de
dejar el puesto que te habías adjudicado
en tu petulancia.
Dejad
que os coloquen donde ellos quieran.
Vuestro comportamiento y humildad os ubicarán donde no podáis ser removidos. Y también la posibilidad de que digan: ¡Sube más arriba!
El
niño pequeño vive confiado
plenamente. Obtiene de
sus mayores lo que pide al momento, siempre y cuando éstos consideren que le
conviene. No se molesta en pensar cómo lo obtendrá: simplemente pide cuando siente una
necesidad. Y sin avergonzarse de pedir.
Su
debilidad y pequeñez es una fortaleza
inmensa, y más aún
lo es su propia inocencia
y fe. El llanto de
un niño convoca de inmediato a todos para consolarlo, acogerlo y animarlo.
Saquemos pues nuestras conclusiones.
Como
el niño, ha de ser el creyente
humilde. El niño
depende de sus padres para su defensa. No reivindica nada. Depende en todo y para todo de sus padres y no tiene orgullo ni
ansiedad, porque no
necesita prever ni acumular.
Recibe confiadamente cada día. No
desconfía de la
protección de sus padres.
El
Hijo del hombre vino para servir y dar su vida en
rescate de muchos. Esa era la
meta de Jesús; la
única meta de salvación de los hombres, para agradar al Padre y ejecutar su
propósito. Vivió y murió
para ello. En su
resurrección está nuestra resurrección.
AMDG
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