La "gracia común" hace
que todos podamos colaborar a establecer un mundo mejor, ya que, por ahora, no
se ha mostrado la voluntad de Dios de establecer su Reino definitivamente. Pero
nuestra aportación de discípulos es hacer ver en nosotros al mundo, con todo
respeto, que sabemos que la salvación está sólo en Cristo… siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la
redención que es en Cristo Jesús… (Romanos 3:24)
Jesús le dijo: Yo
soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. (Juan 14:6). El creyente, en esa convicción, no ha
de pasar aprobando lo que es contrario a Dios. El celo espiritual no es
contrario a la humildad, sino
resultado de ella,
de la misma manera que la mansedumbre
y la tolerancia sin claudicación,
adornan la buena doctrina.
La humildad no puede ser mano de hierro en guante de seda. Es, por el contrario, entrañas de amor,
misericordia y verdad. Tan serenas
como potentes;
tan constantes como vivas. No apariencia externa, sino convicción de que sólo
el poder de Dios nos debe mover, según su palabra y acción en nosotros, y nada más.
Es saber, que nuestra continua debilidad ha
de ser continuamente limpiada por la fortaleza y justicia de Jesús, de quien dependemos para todo, y de cuyo perdón continuo hemos de
experimentar la humildad, puesto que nuestro ser y vida sólo dependen de El.
Nada
propio tenemos, pues todo lo hemos recibido y, por tanto, no es nuestro. Y así
dice claramente San Pablo: Porque
¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo
hubieras recibido? (1ª Corintios 4:7).
Esa falta de humildad, nos despoja de
todo derecho espiritual, y no nos deja que ascendamos piadosamente, por mucho
que nos esforcemos en aparentar una condición cristiana que no se corresponde
con la actitud interna.
Esta comezón docta y esta general
altivez es general locura del filosofador siglo presente que decían a Fabio. Y como esto es así los chicos hablan a los
padres altaneramente, no existe respeto a los ancianos y los escritores cuando
escriben, piensan más en el éxito de sus escritos que de fundamentar su verdad.
Afortunadamente, yo no tengo esos
pujos y mal que bien digo lo que pienso, porque creo que mis convicciones son buenas
y benéficas para todos, y que los preceptos e Jesús que son iluminación para
ser mejor persona y ennoblecer la sociedad son los adecuadísimos y no tienen
parangón con lo demás.
AMDG
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