
No hay nada más incomprensible para la
depravada naturaleza, heredada de nuestros primeros padres que el orgullo y la
humildad. Y nada lo hace más comprensible que la luz de la Palabra de Dios: la Santa Escritura, y
la medida en que ésta se incorpore a nuestra experiencia.
El odio es consecuencia natural de
nuestro orgullo de la vida, que hace que nos elevemos por encima de lo que
realmente somos, según nuestra propia opinión, ante Dios y el prójimo. Creemos
ser algo en virtud de nuestras propias fuerzas, méritos y facultades, de lo que
consideramos nuestras virtudes... todo lo cual, desde luego, estimamos como un
patrimonio propio.
Cuando alguien dice o hace algo que
choca con nuestra propia soberbia, nos sentimos ofendidos: a priori, lo que
otro haga o diga, no es nunca tan correcto como lo que yo haga o diga. La
magnitud del agravio no se mide por la agravio en sí, sino por el desmesurado
aprecio que tenemos por nosotros mismos: La ofensa no es grave en sí, sino por
lo que nos afecta a nosotros: ¡a mí...! Por lo tanto, el alcance y la gravedad
de la presunta ofensa, no es sino los que marca nuestro orgullo.
Si nos damos cuenta cabal de lo que Dios
es, y lo que nosotros somos ante El, veremos claramente que no hay motivo de
orgullo en nosotros mismos: no somos nadie (y esto no es sólo un dicho popular,
sino una sencilla y aplastante verdad). Lo que podemos firmar como iniciativa
propia es el hervidero de malos sentimientos, egoísmos infantiles y nocivos,
hostilidad, miedos y tantas otras lacras más de nuestra depravada naturaleza
caída. He aquí que soy vil; ¿qué
te responderé? Mi mano pongo sobre mi boca.
(Job 40, 4).
(Job 40, 4).
Conocido y aceptado esto, es fácil
recibir cualquier agresión, sabiendo que no somos nada por nosotros mismos;
nada lo suficientemente importante como para dar valor a una ofensa, y menos
aún para devolverla con violencia. Este trajín de la vida del hombre irredento, no es nada más que un paso hacia la perdición; en el redimido es también un
paso y un camino hacia la vida eterna.
No hay comentarios:
Publicar un comentario