Jesús en la sinagoga de Nazaret
Nadie da, como explicación de
Ia mortecina
marcha de las iglesias, el hecho cierto y evidente de que muchos de los
cristianos padecen de “falta de interés” (No quiero que se me
interprete como una generalización: ¡faltaría más!) Ciertamente conozco cristianos
que, en muchas diferentes congregaciones, son ejemplos de como el interés por
Cristo y su Palabra está patente en sus vidas, pero hay falta de interés
por Ia
persona de Cristo y su obra.
Y es que uno y otra no se
aprecian en lo que valen, ni siquiera por aproximación. Falta, sin duda y
lastimosamente, Ia valoración real y viva de Ia grandeza de Ia soberanía de
Dios: por lo cual, ésta no se capta con Ia necesaria intensidad, ni Ia necesidad y Ia
obvia conveniencia del sometimiento a su voluntad, claramente expresada en Ia Biblia. Hay
dejadez y descuido.
Decimos que creemos en que ni un pajarillo está en olvido de Dios, pero actuamos como si nosotros fuéramos
menos para Dios que cualquier pajarillo. Decimos con los labios lo que no
creemos... todos lo sabemos, y lo que es más triste, a casi todos nos parece bien. Estoy dirigiéndome a los
creyentes.
Cada uno cree que hace
bastante con lo que hace, y hasta hay quien piensa que hace demasiado...
actitud que convierte a muchos en engreídos y soberbios, menospreciando a los demás al amparo de la fanática convicción de su
perfecta observancia de las ‘normas’ bíblicas hasta en su más mínimo detalle
sin retener en cuenta el contexto y la época. Mucho del fanatismo y
sectarismo que se atribuye a las congregaciones religiosas por parte de
personas no creyentes, procede de éstas actitudes demasiado comunes por
desgracia.
Casi todos piensan,
conscientemente o no, que cuando hacen algo que ellos creen de valor
espiritual, le están haciendo un favor a Dios. Olvidan que “siervos inútiles somos” (Lucas 17:10) Pero de verdad lo piensan.
Lo hemos comprobado muchas, demasiadas veces. Cuesta convencer a los cristianos
(muchos de los cuales lo son con tan buena intención, como grande es su
ignorancia en Ia fe) que el cumplimiento
de las ordenanzas de Dios es para su bien.
No se trata de contentar a
Dios para comprometerlo en cualquier cosa que a nosotros se nos ocurra, ni para
que nos «deba un
favor». Ni se
trata de orar para que Él apoye nuestras, muchas veces, estúpidas pretensiones.
De lo que se trata, es de conocer su voluntad expresada en las Escrituras, hacerla fielmente y comprobar su fidelidad y poder. De lo que se trata
es de no sólo hablar a Dios, sino “escuchar
atentamente” y lógicamente, ¡obedecer! (Deuteronomio
15: 5) Para eso es La
Iglesia.
AMDG
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